2025
Ensayo
Estudiante: Ayline Medina Gronow
Docente: Jorge Hernández Cerda
Ayudantes: Magdalena González Awad – Valentina Hernández Díaz
En la actualidad, la crisis socioambiental constituye uno de los desafíos más urgentes, con consecuencias visibles, como el deterioro de los ecosistemas, pérdida de biodiversidad y agotamiento de los recursos naturales (Dixson-Declève, Gaffney, Ghosh, Randers, Rockström, & Stoknes, 2022). Sin embargo, más allá de las consecuencias medioambientales, también existe una crisis sociocultural y ética, alimentada por narrativas de dominio, productividad y consumismo, sostenidas por una confianza absoluta en un paradigma tecnocrático que organiza nuestras realidades. En este contexto, las tecnologías digitales, que constituyen en gran medida el entorno cotidiano, y que instalan y promueven discursos de dominio y progreso, se internalizan desde la infancia, promoviendo una visión funcional y utilitarista hacia el entorno, debilitando el vínculo sensible con la naturaleza y contribuyendo al agravamiento de la crisis ecológica.
Desde el enfoque histórico-cultural de Vygotski (1979), el desarrollo humano se construye mediante un proceso de mediación simbólica que internaliza herramientas culturales, las cuales organizan el pensamiento y comportamiento. Por ello, si las herramientas y signos culturales moldean nuestra manera de relacionarnos con el mundo al influir en nuestras funciones psicológicas superiores, entonces las narrativas contemporáneas dominantes, como el dominio y consumo ilimitado, actúan reforzando la crisis socioambiental.
Frente a esto, surge la pregunta que orienta este ensayo: ¿puede la educación, en tanto espacio de interacción social y aprendizaje, operar como mediación simbólica transformadora, introduciendo nuevos signos culturales orientados hacia interdependencia, cuidado y sostenibilidad con la naturaleza? En este marco, la tesis propuesta plantea que la incorporación de nuevas narrativas y prácticas sostenibles, mediante la educación escolar, como herramienta de mediación simbólica, puede transformar nuestra forma de pensar y actuar, favoreciendo una relación más consciente y ética con la naturaleza.
Esto, a través de integrar tres dimensiones fundamentales: el conocimiento, orientado a la compresión de la crisis socioambiental, sus causas y posibles prácticas sustentables; la vinculación experiencial, que promueva el asombro, sensibilidad e interdependencia con el entorno natural; y la reflexión crítica, que invite a cuestionar las narrativas culturales de dominio, productividad y consumo que median la relación con la naturaleza.
Comprenderlo desde Vygotski, es relevante, porque los signos internalizados, organizan funciones psicológicas superiores, y con ello, la manera de pensar y actuar, especialmente durante el desarrollo escolar. Por lo tanto, si las narrativas que circulan en la sociedad moldean la relación con el entorno, la educación puede reorientarlas y promover cambios culturales significativos.
En primer lugar, la transformación de dichas narrativas es posible mediante la educación, ya que según Vygotski (1979), toda función psicológica aparece dos veces, primero en el plano interpsicológico, mediante la interacción social, y se internalizan hacia el plano intrapsicológico, transformando las estructuras internas y guiando el pensar y actuar. Además, sostiene que “los sistemas de signos (lenguaje, escritura, números) han sido creados por las sociedades a lo largo de la
historia humana y cambian con la forma de sociedad y su nivel de desarrollo cultural” (p. 26). Por ello, la forma en que comprendemos y actuamos con el entorno no es inmutable, sino histórica y transformable.
Sin embargo, actualmente estas herramientas simbólicas y materiales están influidas por ideas de progreso y dominio, intensificadas por los medios digitales. Claro (2017), advierte que la tecnosfera suplanta poco a poco la naturaleza como su entorno físico, dando cuenta que la cercanía y experiencia sensible con el entorno natural ha sido reemplazada en gran medida por una nueva capa de artefactos, dispositivos y estructuras tecnológicas, que no se limitan solo a lo material, también incluye elementos simbólicos, culturales y sociales(Claro, 2017). Esto ha provocado una creciente separación entre el ser humano y el entorno natural, con consecuencias para todo el planeta y seres vivos. Igualmente, tal como propone Claro (2017), es necesaria una visión positiva de una construcción futura humana que ya no tenga por condición o resultado una destrucción extensa de la naturaleza, sino que es necesario apuntar hacia una esfera humana con un nuevo horizonte ético, más lúcida y responsable.
De este modo, el cambio hacia una cultura sustentable exige desarrollar conciencia crítica, sensibilidad ecológica y responsabilidad. Por ello, la educación, como espacio de socialización y desarrollo, puede operar como mediación simbólica, entregando conocimiento sobre la crisis socioambiental, con el fin de desarrollar pensamiento crítico sobre el sistema dominante actual, cuestionando las narrativas dominantes, y paralelamente integrar experiencias con el entorno natural y nuevas narrativas sustentables de habitar. De esta manera, la educación sustentable integral puede introducir nuevas narrativas orientadas a la sostenibilidad y la interdependencia ecológica, contrarrestando el predominio de perspectivas instrumentales y promoviendo una transformación ética de las prácticas socioambientales.
Asimismo, incorporar nuevas narrativas sustentables en la educación, es fundamental para contrarrestar el carácter artificial y tecnocrático que configura la relación humana con el entorno. Fullerton (2015) sostiene que la sostenibilidad necesita adoptar los patrones universales propios de la naturaleza, sistemas que se mantienen a través de flujos circulares, diversidad e interdependencia, principios que contrastan con la lógica extractivista que caracteriza el sistema global actual. De esta
manera, la educación puede recuperar estas formas de habitar el mundo, mediante conocimientos que orienten prácticas coherentes con los ciclos naturales. Sin embargo, la transformación cultural no depende únicamente del acceso a información técnica.
Collado (2016), analizando a Rifkin, advierte que los entornos digitales y la economía del procomún pueden democratizar el aprendizaje horizontal desde la figura del prosumidor, pero esto también podría aumentar la dependencia tecnológica y debilitar la experiencia sensible. Por esto, una educación sustentable integral debe incluir no solo conocimientos teóricos, sino también la vinculación experiencial que promueva el asombro por los eventos naturales, y el cuidado, junto con
una reflexión crítica que permita cuestionar las narrativas de dominio que sostienen la crisis socioambiental, e integrar a la comunidad.
Por otro lado, a pesar de la necesidad de transformar las narrativas culturales que sostienen la crisis socioambiental, los cambios profundos en la conciencia y las prácticas sociales requieren de largos períodos históricos, lo que podría poner en duda la eficacia de la educación como herramienta transformadora. En esta línea, Sloterdijk (2018) advierte que en el Antropoceno “el ser humano se ha convertido en responsable de la ocupación y administración de la Tierra en su totalidad desde que su presencia en ella ya no se lleva a cabo al modo de una integración más o menos sin huellas” (p.4).
Esto, evidencia la magnitud que implican las transformaciones estructurales en las formas de pensamiento y vida.
Igualmente, Sloterdijk (2018) sostiene que “el cambio de modo de pensar que se les exige a los seres humanos del siglo XXI va más allá de las reformas del siglo XVI” (p.18), señalando que la transición necesaria es histórica, profunda y compleja. Desde esta mirada, la transformación parece difícil. Sin embargo, esto no debilita la tesis, pues las transformaciones civilizatorias a lo largo de la historia han demostrado que requieren tiempo, son estructurales y necesitan una metanoia social, y en esto, la educación, en donde se construyen y transmiten narrativas, valores y significados compartidos, puede promover una resignificación profunda con la relación con la naturaleza, orientando a prácticas sustentables, por lo que la educación funciona como estrategia histórica indispensable para transformar la cultura.
También, podría objetarse que la educación sustentable integral tenga el riesgo de considerarse un proyecto adoctrinador, imponiendo una perspectiva ética, o sea inviable frente al predominio de los entornos digitales. No obstante, su propósito no es imponer visiones, sino abrir espacios de pensamiento crítico y experiencias con el entorno. Byung-Chul Han (2022) menciona que “la digitalización del mundo en que vivimos avanza inexorable. Somete nuestra percepción, nuestra relación con el mundo y nuestra convivencia a un cambio radical”. ( p.25), evidenciando que la dependencia tecnológica debilita la capacidad crítica y sensible, que son importantes para comprender la complejidad ecológica. Asimismo, Leff (1998) sostiene que “la educación ambiental busca articular subjetivamente al educando (…) Ello implica fomentar el pensamiento crítico,
reflexivo y propositivo frente a las conductas automatizadas que genera el pragmatismo y el utilitarismo de la sociedad actual” (p. 212), lo que refuerza que el propósito de una educación sustentable no es imponer una visión normativa, sino ampliar la capacidad crítica y creativa para reconstruir colectivamente nuestra relación con el entorno, mediante conocimiento y experiencias con la naturaleza, lo que amplía la comprensión y permite condiciones formativas para que los estudiantes puedan deliberar y construir posiciones éticas propias, además de propiciar condiciones más favorables en el desarrollo humano y socioambiental.
En conclusión, la crisis socioambiental es también una crisis simbólica, epistemológica y cultural que ha moldeado subjetividades orientadas al dominio y consumo ilimitado. Desde la perspectiva histórico-cultural de Vygotski, si las herramientas y narrativas culturales configuran el pensamiento y acción, entonces, la educación sustentable integral puede funcionar como un espacio estratégico de mediación simbólica, promoviendo una transformación profunda con la naturaleza, mediante la incorporación de nuevas narrativas sustentables que guíen también hacia prácticas conscientes y
responsables con la naturaleza. Al integrar conocimiento crítico, experiencias directas con el entorno y reflexión ética, la educación sustentable integral permite interrumpir la lógica tecnocrática dominante y habilitar formas regenerativas de habitar el mundo.