Chile frente al desafío climático: Ciencia, energía y responsabilidad
El cambio climático es uno de los desafíos más importantes que enfrentamos desde la Revolución Industrial. Los niveles de CO₂ han alcanzado cifras preocupantes, la temperatura promedio del planeta sigue aumentando y sus efectos ya se expresan en alteraciones climáticas, cambios en las corrientes marinas, acidificación de los océanos y pérdida de biodiversidad.
Por: Claudio Araya, Académico de la Facultad de Ingenería UC y del Instituto para el Desarrollo Sustentable UC
Sin embargo, pese a la contundencia de la evidencia científica, persisten discursos negacionistas e ideas que minimizan el trabajo de miles de personas dedicadas a la ciencia. Esto no es superficial. En Chile, la inversión en investigación y desarrollo bordea apenas el 0,4% del PIB, uno de los niveles más bajos entre los países de la OCDE. Evaluar la ciencia solo por su capacidad de generar empleos directos o resultados inmediatos desconoce su lógica más profunda: la investigación permite construir comprensión, capacidades e innovación que, hacen posible nuevas políticas públicas, tecnologías e incluso industrias completas.
Hoy sabemos que el calentamiento global actual es producto de la actividad humana, especialmente del uso intensivo de combustibles fósiles como base del crecimiento económico. La ciencia ha sido clara en esto y ha descartado que se trate de un fenómeno pasajero o meramente natural. Las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero han dejado una señal reconocible en la atmósfera y en los sistemas naturales, una suerte de huella digital que nos delata y nos obliga a hacernos responsables.
Esta crisis también revela la fragilidad de una estructura social y económica construida sobre la dependencia del petróleo como fuente principal de energía. No es casual que conflictos en zonas estratégicas, como el estrecho de Ormuz, tengan efectos inmediatos sobre la economía mundial. Seguimos atados a una matriz energética geopolíticamente vulnerable y ambientalmente costosa, debido a las emisiones de gases de efecto invernadero como el CO₂.
Sus efectos no se limitan al clima: golpean nuestras economías, nuestras formas de vida y nuestra organización social. Por eso, la acción climática no debe pensarse como una tarea secundaria, sino como una transformación estructural que nos invita a repensar nuestra relación con la naturaleza.
Frente a este escenario, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas han propuesto una agenda común para avanzar hacia modelos de desarrollo más sostenibles. Chile no ha estado al margen de ese proceso, en los últimos años ha impulsado políticas y proyectos orientados a acelerar su transición energética.
Según datos de la Agencia Internacional de Energía, en 2023 Chile alcanzó un 63,5% de generación eléctrica proveniente de fuentes renovables, ubicándose por sobre el promedio mundial y por delante de países como España, Alemania y Estados Unidos. A esto se suma un ejemplo más cercano a la vida cotidiana: el avance de la electromovilidad en el transporte público. En Santiago, la flota de buses eléctricos habría pasado de 922 unidades en 2022 a 4.400 en 2026, lo que representaría cerca del 68% del sistema. En regiones, casos como Copiapó también muestran avances relevantes, con una flota completamente eléctrica.
Estos cambios contribuyen a reducir la dependencia de los combustibles fósiles y muestran que la acción climática puede traducirse en transformaciones concretas en la vida diaria de las personas.
La electrificación y el uso de energías renovables han permitido que Chile se visualice también a través de una economía basada en el hidrógeno por medio de la política pública “El Plan de Acción de Hidrógeno Verde 2023-2030” que busca contribuir en la descarbonización de la matriz energética con miras hacia el 2050, permitiendo alcanzar un país carbono neutral y resiliente. Alcanzar esta tecnología, su desarrollo y que ahora se use como un pilar fundamental para trazar el plan de descarbonización, es gracias a la ciencia y a las políticas públicas que permitieron su desarrollo a lo largo de los años, y a las miles de personas que trabajaron lentamente para alcanzar estos objetivos. La ciencia no termina en libros guardados en una biblioteca, sino que termina en conocimiento que puede ser utilizado para enfrentar desafíos críticos, mejorar la vida de las personas y nuestra relación con el medio ambiente.
A este recorrido se suman otras políticas públicas fundamentales, como la Hoja de Ruta SAF 2025, orientada a los combustibles de aviación sustentables; la Hoja de Ruta para la Transición Energética Marítima 2050, y la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde y Derivados. Estas iniciativas buscan aprovechar el hidrógeno verde y sus derivados para producir combustibles sostenibles capaces de descarbonizar sectores especialmente complejos, como la aviación, el transporte marítimo y la industria.
Existen sectores especialmente difíciles de electrificar directamente, como la aviación, el transporte marítimo y algunas industrias intensivas en energía. Por eso, a este recorrido se suman políticas públicas como la hoja de ruta para combustibles de aviación sostenibles, la transición energética marítima y la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde y sus derivados. Estas iniciativas buscan aprovechar el hidrógeno verde y otros combustibles sostenibles para reducir emisiones en sectores donde reemplazar los combustibles fósiles resulta más complejo.
Estas ideas, actualmente, ya comienzan a expresarse en proyectos industriales concretos. Un ejemplo de esto es la empresa HIF que impulsa el proyecto Haru Oni en la región de Magallanes, que en resumidas cuentas está orientado en la producción de combustibles sintéticos a partir de energías renovables, hidrógeno verde y CO2 capturado. La iniciativa busca transformar la electricidad limpia en productos que reemplacen los combustibles fósiles en donde la electrificación es difícil de implementar. Sin embargo, estas iniciativas siempre deben venir de la mano de evaluaciones ambientales, participación de comunidades y resguardo de los territorios, para que la transición energética sea social y ambientalmente justa.
Chile ha avanzado de manera importante tomando acciones contra el cambio climático, estos avances es fruto del esfuerzo de miles de actores, desde la ciencia que se desarrolla en los centros de investigación y universidades, los estudios sociales sobre el impacto en los territorios y las comunidades, hasta el desarrollo de políticas públicas con visión de Estado, y la articulación público-privada para avanzar en estas materias.
Alcanzar la carbono neutralidad al 2050 es una tarea de todos, no depende solo de las tecnologías, ni de la implementación de políticas públicas, porque la sustentabilidad es también una forma de entender nuestra responsabilidad con el mundo, con los demás y las generaciones que vendrán.