La investigación Avanza UC que busca regenerar los suelos salinos del norte de Chile
En la zona centro-norte de Chile, la desertificación y la salinización están reduciendo la productividad agrícola y poniendo en riesgo la seguridad alimentaria.
Frente a este desafío, el proyecto Avanza UC “Regenerando suelos salinos: soluciones urbanas con biofertilizantes, energía solar y agua niebla”, liderado por las académicas Mónica Antilén y María Cristina Ravanal, evalúa en el desierto de Tarapacá estrategias para restaurar la salud de estos suelos. Junto con generar evidencia científica para publicaciones especializadas, la iniciativa busca transferir conocimientos y herramientas prácticas a las agricultoras de la zona, promoviendo soluciones que puedan implementarse en condiciones reales de producción.
Un suelo degradado no se recupera solo. Cuando aumenta la salinidad, disminuye la materia orgánica y se reduce la capacidad de retener agua, el suelo pierde progresivamente su capacidad para sostener la vida vegetal. En Chile, esta realidad afecta especialmente al norte del país, donde predominan los Aridisoles, suelos caracterizados por su alta salinidad, escasa materia orgánica y textura arenosa. El avance del cambio climático y la creciente escasez hídrica han intensificado aún más este proceso de degradación.
El proyecto Avanza UC aborda ese problema desde una pregunta concreta y medible: ¿se puede restaurar la capacidad productiva de un suelo árido sin comprometer su equilibrio ecológico?
Medir la salud del suelo, no solo la cosecha
El proyecto se desarrolla en la Estación Atacama UC, en Alto Patache, con macetas que contienen dos tipos de suelos salinos de la Región de Tarapacá: Los Verdes y Canchones, sometidos a enmiendas con el biodigestato a distintos tiempos —0, 30, 60 y 90 días—, actualmente el ensayo va en el día 60.
El insumo que se está evaluando proviene de la economía circular urbana: el biodigestato generado por el biodigestor del Mercado Urbano Tobalaba (MUT) a partir de residuos gastronómicos, que está a cargo de la empresa Schwager Biogas. La Dra. Ravanal es rigurosa con la nomenclatura: por ahora es eso, un biodigestato. “Si el biodigestato tiene un efecto sobre el suelo y sobre la salud del suelo, ahí uno puede empezar a hablar de un bioestimulante”.
En esta fase, el equipo analiza la salud del suelo mediante indicadores biológicos, como la composición de la microbiota y la actividad enzimática, parámetros que permiten determinar el efecto del biodigestato sobre la recuperación de la funcionalidad del suelo.
Todo el sistema opera además con agua de niebla, capturada pasivamente mediante atrapanieblas, y con energía solar: un modelo con autonomía hídrica y energética en uno de los territorios más áridos del planeta.



Cuando el desafío es contar cada gota
Trabajar en el desierto obliga a una precisión distinta. “Es bien diferente hacer un experimento en un invernadero en Santiago, donde el agua está muy disponible”, señala la Dra. Ravanal. “En el norte de Chile tienes que tener claro cuánta agua vas a usar para los experimentos y su escalamiento, porque es un recurso demasiado escaso”.
A eso se suman las fluctuaciones extremas de temperatura, que evaporan el agua de riego. El equipo diseñó un sistema de captación interna para condensar ese vapor y devolverlo a las macetas, aunque este sistema no puede ser hermético: las plantas necesitan intercambio de gases. La decisión es deliberada en trabajar con temperaturas reales, y no con condiciones ideales de laboratorio, es lo que permitirá que el modelo sea replicable fuera del invernadero.
El destino final: las agricultoras de la zona
En septiembre se definirá cuál es la mejor condición de suelo obtenida. En octubre comienza el cultivo de lechuga sobre esa condición, para verificar si la mejora medida en el suelo se traduce efectivamente en la planta. “Nuestro objetivo es tener mejor salud en el suelo, para que se refleje en el crecimiento de las plantas u hortalizas”, precisa la investigadora.
El cierre del proyecto, proyectado en enero, contempla una actividad de transferencia tecnológica con agricultoras de la zona, idealmente en el mismo Alto Patache. “La idea es pasarles la información: Un protocolo de uso del biodigestato, que estipule las concentraciones y condiciones optimizadas, explica M. Cristina. “Que sea lo más cercano a ellas, para que realmente puedan utilizarlo en la vida real”.
Iniciativas como esta reflejan el compromiso del Instituto para el Desarrollo Sustentable de poner la investigación al servicio de la sociedad. Más que validar un modelo escalable de regeneración de suelos —replicable a nivel nacional y alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible—, el proyecto busca que ese conocimiento llegue a quienes más lo necesitan: las comunidades que hoy enfrentan la degradación de sus territorios. Desde el IDS, la sustentabilidad se entiende así, como un puente entre la ciencia y las personas.